Cabezadetuor Tuor
Esta recopilación fue publicada en la Revista Digital teXtículos Edición 4.

Cabezadetuor Tuor
23 El Muerto provoca el retorno del pasado, llega sonriente pero poco a poco se convierte en una nostalgia que deriva en llanto.

No soy blanco, mi piel es del color de la tierra que es mi madre¿Hasta cuándo debemos seguir cargando con los muertos en nuestros ojos, en nuestra conciencia, en nuestra alma, en nuestro silencio?
He culminado de leerme El Olvido que Seremos de Héctor Abad Faciolince, casi lo devuelvo sin darle la oportunidad y cuando lo empecé me retuvo la narración de la relación del periodista y su padre y fue entonces imposible no pensar en el mío.
Me siento orgulloso de mi Padre de de todo lo que le ha heredado a mi personalidad. Muchos de mis decisiones y vocaciones tienen su raíz oscura en la época en que él no temía enfrentarse al mundo, pero este país de balas perdidas hace temblar hasta al corazón más fuerte.
De la misma forma en que le sucedió al señor Héctor Abad Gómez, mucha luz para él, en nuestra tierra se puede ser malvado sólo por pretender ayudar al necesitado. Un país consagrado al Sagrado Corazón, en donde no bautizar al hijo es pecado mortal, se carece completamente de los verdaderos valores cristianos.
Poca preocupación por el otro, ausencia de caridad, intolerancia, desconocimiento extensivo de la verdadera forma del Amor. Lucha por los pobres, por acabar la desigualdad, en contra de la represión y entonces eres de izquierda, comunista, reaccionario, insurrecto, loco, pero no eres una persona justa, no eres alguien bondadoso ni digno de admirar, porque eso que haces no te llena el cuarto de pantallas planas, ni los baños de tinas ni te traslada sobre carros nuevos.
Llora el cielo, llora el alma, mi tierra se inunda, se lamenta por todos los muertos y se lleva consigo a quienes no pueden seguir soportando la angustia de vivir en un país como Colombia ni ante un sistema como el que nos domino, del que nos quejamos pero no tenemos la intensión de cambiar.
Grito de dolor, tratando de aferrar mi alma a las cuerdas bucales para que no desfallezca en la desesperanza. Cuanto más tendrá que pasar para que podamos dominar el animal violento que aún somos, el que a punta de bala saca del camino a que le estorbe. Cuándo sacaremos a los cuellos blancos que han puesto fuera de función muchos de los cerebros que lucharon por un país mejor.
La historia de mi país hace que seguidamente me avergüence de mi condición como humano.
Vivir en ciudades siempre me ha producido sensación de encierro así sea la más pequeña de todas. Pero cuando a diario monto a Randir y me largo de las cajas contendoras de sofocación y reglas sociales, poco a poco voy sintiendo esa libertad que me producen las extensiones verdes y las colinas en el horizonte.
El camino que me lleva hacia el lugar en donde laboro es como una puerta al Reino Peligroso. Cuando cruzo el puente sobre el gran río al salir de la Ciudad, me adentro en una recta de 24 kilómetros que a traviesa caños, potreros y pequeños poblados rurales.
Desde que subo el puente se vislumbra una cadena de cerros grises en el horizonte, a veces claros a veces envueltos por la bruma. Cuando la carretera empieza a subir por ellos, la atmósfera cambia gradualmente hasta que me encuentro inmerso en medio de montañas y bosques, pequeños valles rodeados por colinas y abiertos por potentes arroyos que cuando se enfurecen no hay poder humano que pueda detenerlos.
Los 65 kilómetros de vía que me llevan hasta el lugar en donde me sumerjo en mí otra realidad alterna, culminan en un valle separado del mar por una cadena de cerros de origen volcánico que baja la guardia para darle paso al río Canalete, quien llega alimentado por los numerosos arroyos que nacen de las montañas hasta el mar Caribe.
A este lugar lo he llamado el Valle del Silencio, ausente de grandes máquinas o la ruidosa cotidianidad del hombre consumista y de la basura industrial. Habitado por campesinos que siguen leyendo en los cielos y en el comportamiento de la naturaleza el devenir de sus cultivos.
Habitantes de casas con pisos de tierra que aún siguen cargando el agua en tanques sobre burros de los pozos hasta sus casas. Tierra de pequeñas colinas que el Polvillo tiñe de dorado durante marzo remplazando el rosado que había dejado el roble desde principios de enero.
En estas tierras aún se escucha hablar al viento y la Luna revela y oculta las criaturas que bajo su luz habitan. En sus habitantes todavía vive el hombre mítico que conoce el funcionamiento del planeta por herencia celular y que con plantas y pequeños rituales ancestrales siguen solucionando muchos de sus problemas, viviendo apaciblemente en comunión con su mundo.
Aunque últimamente los he oído decir que como están las cosas no saben que pueda pasar, pero que todo está extraño en la atmósfera y pareciera como si todo se hubiera envejecido y el mundo también se hubiera puesto senil.
Como mencioné en mi anterior visita a este puerto virtual, ando en una nueva aventura, al separarme del núcleo de la madre para enfrentarme al mundo con mi nueva familia. Por mi parte ya estaba acostumbrado a vivir lejos de la Casa, desde niño afronté la separación al irme a estudiar lejos, pero la diferencia ahora es que lo hago con mi propia familia.

Como en Macondo me sentí esta semana que pasó, con mucha lluvia en el ambiente, pareciera que no iba a dejar de hacer agua más nunca y hasta me acostumbré a eso. Pensaba en las historias de García Márquez y de la lluvia monumental del pueblo de su ensoñación, que llegó a llover tanto que la humedad del ambiente permitía a los peces nadar a través de las ventanas de las casas.
Andaba todo el tiempo con botas de caucho, al trabajo, a las vueltas personales y a caminar por ahí, para observar el mundo lavado por la lluvia, se veía verde intenso, como nuevo, limpio.
La mayor parte del tiempo tocaba estar encerrado, bajo casa escuchando historias, de esas que hacen parte del asombroso acontecer de mi cultura. Nos acostábamos escuchando el agua hacer sobre el techo de palma y al despertar al día siguiente el mismo ruido del agua nos conectaba a la realidad.
Los arroyos, que abundan en esta región, no se llenan de agua todo el tiempo, únicamente cuando llueve, y cuando llueve duro.
En la época de no lluvias se seca. Únicamente queda agua en las partes más bajas, de salobre sabor. Pero en la época de lluvia si mantiene más cantidad de agua, pero no corre por su cauce con fuerza como lo hace cuando los aguaceros se dejan caer sobre la tierra.

El arroyo de las fotos pasa por detrás de la vivienda en donde moro durante la semana de mi trabajo, va dando curvas y vueltas alrededor de ella al punto que casi la rodea. Me han contado que en casos extremos el agua ha subido hasta la casa. Esta vez no llegó a tanto, pero si creció más de lo que yo le había visto hacerlo con anterioridad.
A la mañana siguiente de mermar un poco las lluvias, por lo menos los intervalos de su continuidad, ya el arroyo estaba más bajo de la mitad.
Cuando estos se suben, generalmente pasan por encima de los puentes, bloqueando las vías de acceso hasta por dos horas. Esta situación hace que asistan pocos estudiantes al colegio.
De la libertad de vivir a la obligación de ser. Entre estas dos cosas
se me va mucho tiempo, y a veces no me quedan espacios ni siquiera para algo que también hace parte de mis libertades, como escribir.
Actualmente laboro como docente en un Centro Educativo del Estado, dando clases desde 5° hasta 9°, a diferencias de muchos que he conocido en el camino, realmente me siente feliz con mi trabajo.
Soy Comunicador Social y Periodista, tengo una especialización en Gerencia Pública y estudios en Pedagogía, en mi corta vida ya probé la esclavitud de la empresa privada, trabajando en un periódico con horario de entrada y sin horario de salida, con el único derecho de saborear el domingo, porque en este oficio los festivos no existen, la publicación es diaria.
Resuelto a reclamar mi derecho a mi mismo, a mis espacios y luchar por lo que anhelo (que aún no lo tengo bien claro, únicamente intuyo cosas) y no a vivir por un simple sueldo, renuncié a esta vida, que aunque tiene lados gratificante lo eclipsa a uno como ser humano.
Luego pasé a conocer el trabajo en la administración pública municipal. Fue aquí donde conocí la inestabilidad laboral, y aunque tenía mucho tiempo libre para los proyectos personales, el trabajo y la organización no se prestaba para que uno sintiera que había una evolución en el ámbito profesional.
Aunque se trabajara en una Alcaldía y se hicieran labores sociales, las cuales me motivaban mucho, era decepcionante darte cuenta que quienes destinaban gastos y autorizaban el proyecto realmente no sentían esa responsabilidad social, que deberían tener dado que estaban trabajando por el desarrollo de un Municipio.
Lo que si le rescato a esto fue que me sirvió como plataforma para estudiar la especialización y me dio el tiempo para poder toparme con la posibilidad de mi actual trabajo.
Mi puesto como docente de Castellano y Humanidades me lo gané concursando, y con un periodo de prueba de un año y tres meses que como trampa nos impuso la administración departamental, la cual no quería perder esas plazas, se les disminuían considerablemente los puestos de trabajo que pudieran usar a su antojo para hacer política.
Hace poco alguien me preguntó que si era feliz con mi trabajo y sin pensarlo respondí que sí. Realmente me agrada esta labor social, de influir en una generación, tratando de enseñarles y mostrarles el mundo y a comprenderlo. Transmitir el conocimiento, vivir en el mundo de la academia.
Y lo mejor de todo es que no me aleja de mi búsqueda personal, me permite aprovechar espacios para seguir creciendo de la manera que mi espíritu me lo exige. Trato en lo posible de ocupar mi tiempo en cosas que me permitan darle sentido a mi corta existencia como ser humano, tratando de llevar mi vida como la quiero construir, y al mismo tiempo permitiéndome ser lo que espero de mí mismo.
Al igual que los otros trabajos tengo días de exceso de labores, las respectivas decepciones laborales, y dificultades personales, como la de irme los lunes en la mañana y no volver hasta el viernes en la noche a verme con mi hermosa Idril y mi bella princesita Aranel.
Esta foto fue tomada en Ninluthnin (Chinù, Còrdoba) el pozo de las "aguas encantadas", o pozo Molina. Del que dicen que si beben de su agua no se va del pueblo, peor la verdad es que está seco y con basuras en su interior, arrojadas por la gente. El sitio en donde está se ve bonito y se siente hasta magia en él, lastima que algunos no lo cuiden.
El río Sinú se mantiene estable, un día baja un poco el nivel, por la noche sube. El agua emana constantemente por entre las albarradas, inundando tierras bajas que hay a su alrededor, rodeando las zonas habitadas, por donde el agua corre constantemente por la orilla del anden, como si acabara de llover, en el peor de los extremos.



El camino que va a lo largo de la orilla del río ha desaparecido en muchos sectores, puesto que el agua ha subido a él bajando luego al pueblo o a las casas vecinas.
Como el río Sinú está más alto en esto momentos que el nivel del pueblo, el agua se filtra por los costale sy corre a chorros hacia las casas que están cerca de la orilla.Los materiales que iban a enviar para darle más seguridad a las medidas, a la luna de hoy viernes 10 de octubre no han llegado y el río aún no sede y al parecer el nivel sigue aumentando. Si esta situación continúa así el Sinú puede ganar la partida.
Lo más triste de este mundo es quienes viven en las zonas de alto riesgo son personas que difícilmente consiguen que comer en el día y cuyas viviendas se componen de algunas tablitas, techos de zinc o plásticos y costales.
La boca se hizo en el mismo lugar que muestran las últimas fotos de mi post anterior, era evidente que ese es un punto flaco del camellón que ahora mismo soportado por varetas y costales humedecidos llenos de tierra/barro, nos separan de estar durmiendo entre el agua.
Hoy (viernes 10) en la mañana fui a llevar a mi pequeña Aranel donde la abuela y a la bella Idril al transporte en el carro porque desde la noche anterior no había dejado de llover, tal como ha sucedido en Medellín; escucho el rumor entre la gente del pueblo de una boca que se había abierto en la zona de emergencia del invierno pasado. Tres horas más tarde el río estaba pasándose por encima del camellón a un kilómetro más abajo de donde yo vivo.
La tensión sigue en aumento, el río no deja de pasar agua constantemente, las campanas de la iglesia sonaron varias veces de forma no acostumbrada y la gente corre por las calles gritando “boca en el río” para que los hombres vayan a cargar costales y a echar tierra en el sitio en donde el camellón se debilita, para que el agua no se abra paso hacia las casas del pueblo.
El año pasado para la fecha de mi matrimonio estaba mi pueblo inundado junto a la gran mayoría de las poblaciones del bajo Sinú. Vino presidente, y tanto el ejército como la Corporación Autónoma de los Valles del Sinú y San Jorge (CVS) se pusieron la camiseta (los primeros por ser quienes son y los segundos que aunque es su obligación. atender este tipo de emergencia y evitar que sucedan, me parece que como todos los entes públicos del departamento, sólo trabajan por presión del Presidente).
Después de trabajar sin descansar durante varias jornadas, colocaron costales llenos de tierra e hicieron un muro contendor con largas varetas. En el sector de La Majagua pudieron controlar la emergencia, pero el daño ya estaba hecho y los cultivos y las casas anegadas, o mejor dicho, inundadas. Acá donde yo vivo se pudo evitar una tragedia mucho más grande, puesto que acá está el mayor núcleo poblacional.
A todas luces había que reforzar las zonas afectadas cuando el río bajara de nivel. De lo que mandaron para los damnificados, muchos trabajadores de la alcaldía local, que parecen que no tuvieran trabajo, se apropiaron de alimentos, aceites y varias cosas que eran enviados para las familias que no tenían trabajo, estaban bajo agua al igual que los cultivos que le garantizarían el sostén económico futuro.
Pasó un año y cuatro meses y el río está en las mismas, y en la zona de la Majagua, en donde se hizo la boca el año pasado, se construyó en piedras una murallita dentro del terreno de las personas que se quedaron sin casa “por culpa del río y de la erosión”, dejándole espacio a la “gran serpiente de agua” para que echara más tierra en su interior. Estas fotos son de principio de semana en el sector de la Majagua, antes que el río subiera su cauce. Y esta es la obra que hizo la CVS en el lugar.
En donde yo vivo, Carrillo (Ondolindë para mi) estas obras debieron hacerse también, pero se desconoce que sucedió nunca se realizaron. Algunos culpan al dueño del terreno otros dicen que la CVS no daba la plata correspondiente… nada se sabe lo único cierto es que el río tiene corriendo a la gente otra vez.
Estas son las fotos tomadas el jueves en la tarde cuando empezó a subir el nivel del agua.
Hace poco estuve de visita por Chinú, una de las poblaciones más antiguas del departamento de Córdoba que queda ubicada en la zona de sabanas, en los límites con el también departamento de Sucre.
averiguar exactamente por qué, se que hay un pozo del cual se abastecía hace muchos años la población, debido a que en el sitio no hay ríos, llamado el ‘Pozo de Molina’, y del cual actualmente se dice que quien beba de esa agua nunca se va de Chinú, o el más grave de los casos se casa en el lugar, lo positivo es que otro apelativo de la población es ‘La Ciudad de las Mujeres Bonitas’
Habiendo recuperado la sobriedad quiero hablar del fin de semana que pasó, el del 27 al 30 de Junio, fecha durante la cual se celebró el Festival Nacional del Porro (música tradicional de las sabanas de Córdoba y Sucre que se interpreta con una Banda de viento).
bamos fiesteando, no era suficiente, queríamos que llegara el alba al son de las trompetas, los clarinetes, trombones y bombardinos. Mientras bailábamos y marcábamos movimientos de cintura y hombros con el golpe del bombo y el redoblante. Nunca me sonaron tan dulces los porros palitiaos y los fandangos como en este festival. Llegué al lunes completamente disfónico, puesto que había agotado mi garganta de tanto guapirrear.