martes, enero 15, 2008

DE PASEO POR LA TIERRA DE NADIE (I Parte)


Fui el primero que despertó, parece que siempre es así, aunque no recuerdo con precisión los casos anteriores, pero tengo la costumbre de levantarme temprano, antes que los demás, en los paseos.
El cuerpo no me amaneció adolorido. Ayer fueron cuatro horas de camino, desde Nurtamnalondë hasta Aranlavino y un poco más de camino, el esencial para encontrar el lugar en donde queríamos acampar. Ya descansado puedo decir que la caminata no fue agotadora, la única excepción la hace el maltrato de los músculos que soportaron el peso de los morrales.
Anduvimos por una carretera abierta y de constante tránsito de habitantes de los dos pueblos y camiones transportadores de vacas o de plátanos. El mar siempre estuvo a nuestra izquierda y el sol en su cenit, cálido y brillante como lo puede ser al medio día en el trópico.
El camino serpenteaba por la ladera de los cerros que se encontraban en muchos sectores violentamente con le mar, y rodeado en su mayor parte por grandes plataneras.
No somos expertos en esto de viajar y vivir a la intemperie. Me parece que descansamos regularmente y el disfrute de un paisaje se convertía en la excusa perfecta para detenerse y que a veces era la simple gana de disfrutar de una pipa.
Entre las paradas más significativas que tuvimos pudimos ver los acantilados, pequeños por supuesto, desde las pocas fincas que quedan donde aún hay pasto y árboles nativos que ya han envejecido; donde lo autentico del paisaje me llevó a hacer una aproximación de lo que puedo haber sido este, mi ahora paraíso, en un tiempo realmente pasado.
Estoy en una tierra que hace casi 200 años se convirtió en asentamiento de africanos despatriados que buscaban sitios donde dormir tranquilamente, lejos del yugo de quienes le causaron el mayor daño que se le puede causar a un ser humano. Hoy casi nada les pertenece, sólo su cultura y los bailes de bullerengue. Los ‘blancos’, aquellos equivocados que siempre se han creído dueños del mundo han comprado casi todo en la región.
Aranlavino es más grande de lo que pensé, en el pie de sus habitantes se nota mucho ese pasado nefasto lleno de pocas oportunidades que los persigue. Calles de arena y tierra quebrada, en una zona de arroyos y caños. Casitas rudimentarias con patios llenos de gallinas, cerdos y perros, con cercas y algunos sin ella. Es un pueblo de gente amable pero desconfiada, llena de temores por las constantes veces que la muerte ronda por el lugar, con razón o sin razón.
Acá estoy, hospedado debajo de dos árboles que crecieron muy juntos en donde el arroyo se entrega al mar y que para conveniencia de nosotros está seco gracias a que no ha llovido.
Me imagino que la fuerza de la corriente ha obligado a los árboles a crecer acostados, elevando poco sus gruesas y rojizas ramas al aire, inclinados hacia una playa llena de troncos traídos por el mar. Aquí estoy escribiendo, sentado en uno de los dos árboles, en el de la derecha, detrás del cual se instaló el rudimentario fogón de leña en el que cocinamos.
En la base del tronco del ubicado en la izquierda, ubicamos en bolsas los alimentos y enseres. Este árbol se abre en dos ramas bajas que cubre el trecho en donde armamos nuestras carpas, una frente a la otra para no perder el contacto verbal entre nosotros.
La adecuación del campamento lo hicimos en la tarde de nuestra llegada. Luego me dediqué a dormir un rato y posteriormente exploré encima del cerro que se encuentra ubicado detrás de nosotros, del cual bajan varios arroyos a lo largo de este extenso tramo de playa.
La noche fue una de las mejores de mi vida, estaba junto a mis tres hermanos de tierra, sumergidos en nuestra primera noche a la intemperie en un mundo sin rastro de una verdadera civilización, un mundo instintivo, solamente pulido por los acontecimientos diarios que no son los más placenteros para él.
Nos atrevimos a hacer el viaje por el simple placer de que así lo soñamos, pasando por encima de las advertencias de un desconocido, quien nos descubrió truculentas venganzas y enfrentamientos entre grupos al margen de la ley, quienes se creen con derecho a disponer de los otros. Pese a esto decidimos ir a la Policía local a cerciorarnos, por supuesto ellos dijeron que no, que su jurisdicción es muy tranquila y que las cédulas para verificar nuestros datos y así vinimos, confiando en la Colombia que sueño, de pronto soy crédulo, pero no puedo vivir en un mundo que no me guste, entonces prefiero creerlo.
A pesar de todo anoche estuvimos bebiendo y prendimos una realmente grande fogata, en una noche nublada de luna creciente, al alcance de la vista de cualquiera y cantamos a viva voz mientras las gargantas bañadas en vino tinto aspiraban el humo de la tranquilidad.
Fue una noche tranquila, dormimos de a dos por carpa y un sereno en la madrugada casi interrumpe mi tranquilidad.

Domingo 6:30 a.m. 2 día de viaje.

2 comentarios:

Lully dijo...

Desde mi blog: Reflexiones al desnudo
Esa última foto me derritió. Qué bien por ese aspirar del humo de la tranquilidad", todavía hay lugares donde esto se pueda hacer en Colombia. Me muero por saber qué fue la comida. Añoro los alimentos en leña, especialmente los fríjoles y la mazamorra que hacía mi abuelita, que hasta sus últimos días cocinó en leña y no aceptó la modernidad. Rico paseo y rico leerte.

Te abrazo mi querido Tour!!

leugim divad dijo...

hermano sera que lo puedo colocar en la lista de mis vinculos